domingo, 29 de noviembre de 2009

La visita (versión 1 y Ganador del Certamen)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas. También la mía.
Por aquel entonces trabajaba en la bodega los meses de verano como mozo de almacén. Con ese dinero extra me podía permitir algunos caprichos el resto del año sin tener que sablear a mis padres. Además, me gustaba el ambiente de la bodega, con sus imponentes castillos de barricas, la mezcolanza de olores a roble y bosque salvaje, y el silencio monacal de las salas donde el vino meditaba su transformación.
La muchacha apareció entre el grupo de turistas atolondrados. Algunos aún llevaban puestos los bermudas y el fiasco de un día sin playa se les notaba en la cara. Por el contrario, ella irradiaba una placidez letárgica impropia de una adolescente.
Su sosiego contrastaba con mi excitación. Me pareció un ser virginal, una nativa inmaculada, el mejor fruto donde pecar. Y es que por aquel entonces, la verdad, yo andaba en plena efervescencia.
Mi oportunidad se presentó al quedarse rezagada del grupo. La encontré inclinada sobre una barrica con la oreja pegada a la madera.
–¿Escuchas algo? –pregunté. Poco había que escuchar allí dentro, pero me hice el ignorante para no parecer pretencioso.
Ella se sonrió y siguió con la oreja pegada a la barrica. Luego me sorprendió con aquel comentario:
–Escucho el viento que un día sopló entre las vides, la lluvia que refrescó los frutos que aquí fermentan, el canturreo de los jornaleros tratando de hacer la labor más llevadera...
–¿Estás loca? ¿Me estás tomando el pelo? –le interrumpí.
La muchacha me agarró de la mano y me pidió silencio. Luego me inclinó junto a ella y me invitó a escuchar...
Ese día, con la oreja pegada a la barrica y sus labios a dos centímetros de los míos, pude escuchar la vida oculta que subyace sobre las cosas auténticas.
Las cosas auténticas se transforman en otras para mejorarse, como la uva en vino, pero conservan la esencia de lo que fueron. Las personas también nos transformamos. Yo tuve la suerte de encontrar aquel día la barrica donde hoy reposa mi madurez. Y cuando el mundo se nos desdibuja alrededor por los sinsabores de la vida en pareja, nos acurrucamos el uno junto al otro con el oído presto. Entonces llegan desde muy lejos las suaves risas de aquellos dos jóvenes que se besaron en los pasillos de una bodega, el susurrar de las primeras caricias, los hormigueos por la ocultación, el bullir de los años gozosos. Y esto nos basta para seguir fermentando nuestro amor.

FIN DE LA HISTORIA. Si buscas vivir una historia como la de este relato, te recomendamos dormir en un hotel bodega, en la Rioja, u otra región vinícola. Hay muchas opciones que están esperando.

La visita (versión 2)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas. En particular la suya, la del gran catador. Había olvidado ya cómo empezó todo y sin embargo no conservaba nada de su otro yo, el de antes de la lluvia, del baño frustrado, de la incursión obligada tierra adentro, donde la vista se perdía entre viñedos y emparrados… El gran catador, que no podía entender ya su vida sin el vino. El vino, que le había descubierto sus secretos, que le había despertado sus sentidos. - ¿Qué bebida te pido, un vino? – le espetó ella. ¡Bebida el vino!, sólo la palabra le ofendía. - Bebida es lo que se ingiere, querida, lo que se hace pasar por el gaznate con prisa para que llegue al estómago y sacie la sed. El vino es mucho más que una bebida, es la esencia de la tierra, es la síntesis de un proceso y la conjunción de los sentidos. El vino no se bebe, se degusta, igual que no se lee un verso como quien lee un anuncio por palabras. Sí, un verso. No se necesitan conocimientos previos para disfrutar de un verso, ni siquiera saber quién lo ha escrito, basta abrirse, escuchar y sentir. Adiós, ríos, adiós fontes, adiós, regatos pequenos… Llevaba un rato pensando en ella e intentando recordar su nombre. Apenas recordaba su cara y sin embargo no podía olvidar el color de sus ojos, el olor de su pelo, el sabor de sus besos ni el tacto de su piel. Debía de ser deformación profesional. Le pasaba lo mismo con el vino, era incapaz de retener una añada, un nombre o una etiqueta. Pero el olor se le impregnaba para siempre en la memoria y con él todo lo demás, como si fueran atributos indisolubles unos de otros. Como el huevo y la gallina, no sabía qué había surgido antes, el desarrollo de su habilidad organoléptica o su amor incondicional al vino. En alguna ocasión, le contaron que los miembros de una tribu - y de nuevo no recordaba su nombre – se pasaban de mano en mano un plátano maduro y aspiraban su olor para alimentarse. De la misma manera parecía disfrutar él de una copa de vino, le bastaba su olor y catarlo brevemente para satisfacer todos sus sentidos. El resto, pura gula, gourmandise, como dicen los franceses. Bien pensado, ni huevo ni gallina, de pronto le vino a la memoria, todo empezó en aquella bodega. La primera que visitó en su vida cautivó para siempre sus sentidos. Todo era olor. El campo, la tierra, las uvas, los olores de fermentación, el olor a barrica, el olor a humedad en las galerías subterráneas, el olor en el laboratorio, en la sala de catas y el olor que deja el vino en la copa vacía. Borracho de olor. Se preguntaba qué hubiera escrito Proust si hubiera preferido un vino a una magdalena. Quizás él nunca visitara una bodega, quizás el destino no se lo hubiera puesto tan fácil. Bendita lluvia.

Relatos del concurso de relato corto de vino: Érase una vez el vino. Para encontrar inspiración: encuentra la inspiración en un wine Resort and hotel en "La France"

La visita (versión 3)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas. Roberto, que siempre había sido el más retraído del grupo de compañeros, tal vez por el delicioso embrujo que se respiraba en aquel lugar y por la natural amabilidad de la persona que los atendió y les enseñó con una especial cordialidad, todo lo relacionado con la bodega e, incluso, leyendas que tenían como escenario aquel mágico lugar, se encontró, sin saber como, saboreando una copa de Sauvignon Blanc y luego otra y hasta una tercera. Cuando concluyó ésta, quizá (pensó él) por la poca costumbre que tenía de beber vino, notó una extraña sensación, como si alguien le lanzara una mirada penetrante que le recorriera la nuca y la espina dorsal y sin saber por qué, se giró y vio en el fondo de la bodega, sentado en una silla desvencijada, con el codo apoyado en una mesa, no en mejor estado que la silla, un hombre mayor que, ubicado en lo que parecía ser su rincón habitual, bebía lenta y pausadamente una copa de vino. Tenía un aspecto noble, pero a la vez sencillo y agradable, respiraba dignidad y trasmitía paz y tranquilidad. No supo nunca por qué, quizá porque el vino le dio la fuerza suficiente para hacerlo, pero se dirigió al anciano y le preguntó quien era y que hacía allí. Éste mirándole fijamente a la cara, le contestó con rotundidad que era el espíritu del vino, sólo visible para personas sensibles o para enamorados. -¡Cómo que el espíritu del vino! contestó Roberto. - Si, mi buen amigo, prosiguió el anciano. Todo vino que se precie está tan vivo como lo estás tú y por tanto tiene espíritu, sólo que hay muy pocas personas con la sensibilidad suficiente para vernos (y menos en estos tiempos que corren, que la sensibilidad, no es precisamente algo que esté muy valorado). Hay que estar dotado de esa virtud, o amar profundamente a alguien, para que podamos ser visibles. Roberto no daba crédito a lo que oía y lo miró con aire socarrón pensando que el anciano estaba algo ido, pero al ver que éste miraba a los que estaban detrás de él y sonreía, se giró, miró al grupo y vio que María (el amor de su vida, aquella con la que soñaba la noches que podía dormir, la misma que, el resto de las noches le quitaba el sueño y a la que nunca se había atrevido a decirle nada de sus sentimientos hacia ella), les observaba. Y vio como miraba a ambos alternativamente y como le preguntaba con la mirada y con movimientos de su cabeza, quien era aquel anciano. ¡Ella también lo veía! Y en ese preciso momento lo comprendió todo. El amor que hacía tanto tiempo sentía por María era correspondido. Se acercó a ella y fue sublime. Sin mediar palabra se fundieron en un largo y apasionado beso que causó gran asombro, aunque también alegría (todo hay que decirlo) en el resto de los miembros del grupo, porque lo intuían hacía ya algún tiempo. Acaban de cumplir 28 años de matrimonio. Siguen teniendo un profundo amor al vino que los unió y así se lo han transmitido a sus hijos, y durante todo ese tiempo han ido año tras año año, la misma fecha en que ocurrió lo que os estoy contando, a la misma bodega. Nunca más vieron al anciano, pero éste (el espíritu del vino) los hizo felices y seguirá haciéndolo para el resto de sus vidas.


Este blog es resultado del concurso de relato breve de turismodevino.com. Si deseas información sobre los mejores vinos del mundo y sobre nuestra sección La vinoteca, con vinos recomendados, puedes acceder a la web en los links que marcamos para leer al respecto.

La visita (versión 4)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas… y la de Toby.Apenas se detuvieron, Laura descendió, enfurruñada como una niña y echando pestes contra Carlos por haberla llevado a aquel santuario de borrachos. Eso no encajaba con su idea de unos días de vacaciones. Pero así era él; egoísta hasta las trancas cuando se trataba de algo relacionado con su afición al vino. Durante los dos años que llevaban casados, había intentado echarla a la bebida. O al menos era lo que ella pensaba cada vez que le escuchaba repetir: un vasito en las comidas es beneficioso. Pero se resistía. No quería animarle en su afición de visitar bodegas, asistir a catas de vino o gastarse de vez en cuando una pequeña fortuna en unas botellas de lo que él denominaba tesoro de vida.Carlos entró en las instalaciones con una visita guiada. Ella, fiel a su espíritu de contradicción, se sentó frente al mar de vides que se extendía hacia el horizonte. Contemplar el oleaje verde y dorado que provocaba la brisa sobre las hojas de las cepas, la llenó de paz.Una canción silbada suavemente le hizo girarse. Era un anciano que juntaba sus labios arrugados para emitir el sonido. Le acompañaba un pastor alemán de tan solo tres patas. El abuelo se sentó a su lado y el perro se acomodó junto a sus zapatillas blancas. Laura se sentía tan relajada que no le importó.—No eres de por aquí —comentó el viejo—. Y tampoco parece que te guste el vino —añadió, señalando con la cabeza la entrada a la bodega.—No sé si me gusta —reconoció.—¿Y los perros? ¿Te gustan los perros?—Por primera vez estoy cerca de uno —admitió alzando los hombros.Carlos, arrepentido de haberla dejado sola, abandonó la bodega antes de finalizar la visita. Encontró a Laura en el lugar en que la había dejado, pero con compañía y una botella de vino en las manos. La observó de lejos, pensativo. Reconocía que al casarse se había convertido en una protestona insufrible, pero la entendía. Sabía que lo hacía porque temía ceder una primera vez, para terminar siendo como su madre, que hizo dueño y señor de su voluntad a su marido en cuanto pronunció el sí. Por más que intentaba demostrarle que él era otro tipo de hombre, a ella le horrorizaba claudicar ante la trampa del amor y la devoción. Hacer siempre su voluntad sin consultarle le hacía sentirse más fuerte, pero él sabía que esas solitarias victorias también la hacían desgraciada.Se acercó despacio y se sentó a su lado. La miró con la adoración con la que llevaba haciéndolo desde que la conoció.—Te quiero —le susurró, bajito.—Me acaban de regalar un perro —para sorpresa de Carlos, consultó—: ¿Podríamos acomodarlo en el jardín? —Él asintió con la cabeza mientras le sonreía—. También me han regalado esto —alzó la botella y enarcó una ceja—. ¿Podría ponerla junto a las de tu colección?—Nuestra colección, querrás decir.—Eso. Nuestra colección. ¿Podré?—¿Piensas echarte a la bebida? —bromeó.—Nunca es tarde —dijo riendo—. Me acaban de contar... —miró a su izquierda, pero el viejo no estaba. No entendía que con su cansado caminar hubiera desaparecido en un instante. Recorrió con la mirada el mar terrestre del que emergía el silbido del viento.—Te he echado de menos —musitó Carlos.—¿Ahí dentro? —preguntó, extrañada.—Aquí dentro —corrigió, cogiéndole la mano y colocándola sobre su propio corazón—. Aunque nunca pensé que regresaras acompañada por... ¿Tiene nombre nuestro perro?El silbido del viento regresó a sus oídos. Ella sonrió.—¿Te parecería bien llamarlo Toby?

La visita (versión 5)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas para siempre. Yo había empleado tanto tiempo y dinero en terapias ineficaces, en libros de autoayuda, en citas a ciegas, en viajes para escapar de mi rutina vital… Me apunté a estas vacaciones sin fijarme en el itinerario. Este año ni siquiera mi prima me acompañaría, me daba igual ir a un sitio que a otro, sólo aspiraba a pasar unos días tranquilos en la playa, aderezados con alguna escapada cultural. Pero aquel día gris programaron una visita a una bodega cercana y, aunque no me crea nadie, lo confesaré, ¡yo no había probado el vino en mi vida! Otras bebidas alcohólicas que mis amigos me obligaron a ingerir a altas horas de la madrugada, lo único que me habían producido eran ganas de vomitar. Desde pequeña tuve miedo del vino. Rojo como la sangre, prohibido por mis mayores. Miedo a perder el control, a reaccionar improvisadamente, a no planificar de antemano. Mucha gente me consideraría una persona de costumbres aburridas. Siempre que comía en un buen restaurante, a la hora de elegir la bebida elegía “agua mineral”. Por eso la idea de visitar la bodega me inquietó desde el principio, aunque rápidamente pensé en rechazarlo cuando me lo ofrecieran, como de costumbre. El problema surgió cuando un hombre moreno, de ojos profundos y voz suave, fue explicando el proceso por el que las uvas llegan a convertirse en aquel elixir delicado. Poco a poco la oscuridad, el eco, el olor de la tierra mojada fue invadiendo el ambiente. Cada vez me encontraba más intranquila, mis temores se estaban agolpando en mi mente hasta que se toparon contra una copa que él me ofrecía. Nunca había sentido su aroma de aquella manera. Cogí la copa sin pensarlo, cuando él me la ofreció no pude rechazarla… sólo un sorbo no me pondría en peligro… levanté la copa para inclinarla y admirar su tonalidad y consistencia como hacía ese hombre que no paraba de mirarme fijo a los ojos. Él se la llevó a la nariz y luego a la boca, paladeó un trago y se humedeció sus jugosos labios con aquel líquido rojo intenso… o lo pruebo ahora o nunca. Y le imité, y tomé un sorbo, y estalló en mi paladar, y mi cerebro se puso a dar vueltas por toda la estancia, y el ruido de las copas cesó, y el instante se prolongó mientras mis ojos se cerraban, mis oídos zumbaban y mi paladar desfallecía de placer. Para él era una visita más, como cada día laborable, era su trabajo, guiar grupos por la bodega que le había contratado y explicarles todo lo relacionado con el arte de la elaboración del vino, aquello a lo que dedicaba sus horas, aquello que le impulsaba a seguir viviendo a pesar de sus fracasos personales. Pero ese día fue diferente desde el comienzo, una fina lluvia, inusual en aquella época del año, añadió un toque melancólico a aquella mujer que con su gorrito de lluvia intentaba cubrirse los rizos castaños que se le escapaban. Desde el principio se fijó en ella, su belleza contrastaba con su torpeza social, con el asombro de todo lo que le explicaba y veía, como si viniera de otro planeta, sus inocentes preguntas sobre lo que se podía sentir al probar de tal o cual barrica y su reacción al catar el gran reserva que le ofreció. Decididamente se volvió loca y le contagió su locura. Y así han vivido desde entonces, intentando sacar adelante la pequeña bodega que compraron y rememorando a diario entre cubas y copas, aquel improvisado primer sorbo de ella.

La visita (versión 6)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas.

Las ruedas giran y nos dirigimos hacia el interior. Nos alejamos de la costa junto con las gaviotas, mientras en el cielo hay claros por los que el sol entra iluminando los cerros.

Al pasar, las nubes dejan su sombra tendida sobre los campos.

Hay una brisa intensa y por momentos siguen cayendo solitarias gotas de lluvia.

A lo lejos se divisan molinos de viento que giran descontroladamente, puede escucharse un chirriar metálico junto al viento que sopla entre los árboles.

Se siente tanta paz en este camino de tierra. La humedad hace que no se levante polvo al paso del automóvil, el aire se siente limpio; el verde del follaje se ve tan intenso que cuando el sol comienza a aparecer todo parece ser nuevo.

Una mujer a caballo galopa adelante, yendo en nuestra misma dirección. La amazona lo monta forzando su marcha, la bestia mojada por el sudor tiene largas crines y un rostro decidido. Veo sus ojos y siento que su voluntad es inquebrantable. Su jinete sobre el lomo toma firme las riendas y controlando la carrera que lleva nos observa y nos saluda. Parece de otra época. Su rostro debió estar en estas tierras desde el comienzo del tiempo.

El auto detenido, las ventanas abajo, el aroma a tierra mojada y el sonido del viento, el bufido del caballo cansado, impetuoso, como si quisiera seguir su marcha a toda velocidad. Es un cuadro para atrapar. Añoro sentir esto otra vez.

Werner nos presenta, le cuenta donde vamos. Ella lo escucha, lo invita a que la sigamos a la viña. Yo sólo observo. Ella se ve tan cómoda sobre el rocín. Ese caballo se ha convertido en un atributo notable de tan elegante dama.

Emprendemos la marcha más lento ahora. El animal corre como llevado por el viento, a ratos el sol los ilumina y brillos cobrizos destellan de su pelaje.

Werner habla acerca de alguna ciudad que conoce. Yo escucho acerca de sus adoquines, sus cerros como balcones frente al mar. Sobre sus casas de colores y todo me parece un cuento, una imagen fantástica.

El paisaje que veo me tiene impresionado. A sendos costados del camino se extienden vides.

Llano, colina y pedregal crispado tienen uvas.

La joven desciende de su montura y nos guía contándonos del origen de este campo. Del nombre del lugar; Marchigüe, voz mapudungun que puede significar cosas muy distintas. Lugar de embrujos, dicen algunos. Otros, Diez veces venceremos. El caso es que aquí se hace, según nos cuenta encantándonos, un vino que debemos probar.

Abre una botella que tiene en su etiqueta un arcángel. Montes Alpha Carmenère 2007, nos dice y la descorcha con innegable gracia.

Estamos admirados por la mujer. Decanta y nosotros esperamos descansando nuestra vista en su piel, protegidos por sus relatos de las nubes que vuelven a dar caricias de aguas a los montes.

Cuando ya las copas están frente a nosotros, descansando el vino profundo y oscuro, acerco mi nariz a la abertura de la copa. Agito su contenido girando suavemente para dejar que se abra el líquido y salgan sus aromas como un susurro.

Al cerrar los ojos, siento que esta mujer está en este vino, y el galope, y los molinos, y el viento, y frutos maduros y pimienta y tabaco, y el aroma me hechiza.

La mujer me mira atenta. Mi rostro debió reflejar esta intensidad. No puedo ocultar el encantamiento. El cielo se abre y la ilumina directamente. Su piel brilla y se siente una tibieza. No puedo evitar notar lo parecida que es a un ángel.

La visita (versión 7)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas… Especialmente la de Rebeca que había estado quejándose de la falta de emoción en todo lo que la rodeaba, la falta de espíritu de Luis, de Totó, de Vale, de los niños que ya no hacían castillos en la arena como ella solía hacerlos cuando era niña, de la falta de espíritu de todos los bañista que le huyeron a la lluvia, cuando para ella era parte del encanto de cualquier escenario; Todos eran tan simples y por si fuera poco, parecería que ella era la única que encontraba emoción en ir a visitar la bodega que les habían recomendado en el hotel; para los demás, era simplemente algo que hacer mientras escampaba.
Si había alguien que se encontraba fuera de lugar era ella, Rebeca no se hallaba ni en si misma y era consciente de ello, decidiéndose a guardar silencio para poder controlar su gran insatisfacción con quienes la acompañaban en ese minúsculo automóvil, especialmente con Luis, su prometido y con su futuro juntos; creía que si de su boca salía alguna frase se oiría como un gran estallido de reclamaciones perdiendo la cordura que la caracterizaba.
Para Rebeca habían transcurrido cuarenta minutos de tortuoso trayecto. Eran los primeros turistas. Ella había logrado contenerse y ahora, entre las vides, respiraba con mayor tranquilidad, seguramente estos serían los momentos más fáciles de soportar durante el resto del fin de semana.
Recorrieron el interior de la bodega, Luis, Totó y Vale no mostraban mayor interés. Rebeca se desvió del tour cuando su atención se enfocó en un ala oscura de la construcción; la guía le señaló que hacia allá se encontraba la cava de los vinos de guarda, las joyas de la misma bodega, pidiéndole volver al grupo.
No quiso poner atención al comentario de la guía, estaba actuando como autómata, tal vez comenzando a escapar, siguió alejándose del grupo para adentrándose en esa oscura ala con una inmensa curiosidad que se vería satisfecha de la forma menos esperada.
Segundos después no daba crédito a lo que veían sus ojos, gritos de terror salían de lo más profundo de su impactado ser quedándose colgados en el ambiente. El tropel no se hizo esperar, encontrando a su llegada el cuerpo tendido del enólogo. Estaba muerto, vidrios y algunos destrozos estaban a su alrededor, una mancha roja oscura rodeaba su cabeza. La histeria invadió el ambiente.
La policía tardó media hora en llegar, solicitado que nadie saliera del edificio por lo que todos se encontraban aún presentes y algo más calmados. Un detective hacia interrogatorios mientras un agente tomaba pruebas. Rebeca se hallaba junto al cuerpo explicándoles cómo había encontrado el cadáver. En medio del interrogatorio Totó preguntó si la mancha sería de sangre o de vino, Rebeca contestó tácitamente: - para algunos es la misma cosa-. –Bueno, como sea- dijo Totó, -Lo cierto es que no pienso volver a beber vino tinto-.
El agente leyó una nota que dejó el homicida en el interior de una botella. Decía: “Encontré el elixir de la eterna juventud”. La cordura de Rebeca parecía haberla abandonado al encontrarse con esa frase, se daba cuenta que sentía envidia del asesino, él había encontrado lo que estaba buscando, ella ni siquiera sabía qué estaba buscando, sólo sabía que no podía estar más allí, que su compromiso con Luis y con la vida que había planeado se iba a romper justo en ese instante. Agradeció estar viviendo esa escena, se despidió de todos a quienes dejó sin entender qué les estaba diciendo y emprendió la huida por entre los viñedos.

La visita (versión 8)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas. La idea de visitar una bodega y hacer un curso express de cata de vinos, había sido de mi mujer, María, y yo por no contradecirle y echar más leña al fuego de una situación que ya estaba bastante tensa entre nosotros había aceptado. Cuando llegamos, en la puerta del antiguo edificio ya se había reunido el resto del grupo, once personas desconocidas a las que movía diferentes motivos para estar allí. Recorriendo la bodega el olor a madera y a humedad se mezclaba con otros aromas agradables y la temperatura era perfecta. Tras la breve visita, accedimos a lo que llamaban sacristía, un pequeño cuartito con una mesa circular y taburetes donde nos colocamos desordenadamente. María charlaba con la chica de su derecha, Marí luz, que resultó trabajar en una tienda de telefonía y que hablaba sin parar con un tono más bien irritante, enfrente teníamos sentada a una parejita joven y yo conversé desganado con un abogado sentado a mi izquierda, un poco pedante. Cuando entró el enólogo se hizo el silencio y todos contemplamos a aquel tipo gris, cargado con una caja y muchos papeles, con su calva incipiente y con un gesto algo serio y malhumorado. Tras las presentaciones comenzó una larga y aburrida exposición sobre los procesos del vino, la fermentación, los tipos de uva, las zonas geográficas de producción y las denominaciones de origen. A la hora y media de monólogo yo solo hacía mirar a la puerta buscando la manera de escapar de allí. Mi semana había sido muy dura y estresante, con problemas serios en el trabajo y mi matrimonio hacía aguas, no reconocía a la mujer con la que me había casado dos años antes, no dormíamos juntos desde hacía tres meses, y aquel tipo seguía su sermón en un tono monótono y aburrido absolutamente desesperante. Las caras de los once eran un poema, la gente aguantaba con dificultad los bostezos y con disimulo miraban el reloj. Marí luz, la chica sentada junto a María le dijo: Este tío es un muermo, además de feo es un rollazo. La tortura duró todavía hora y media más y cuando hacía serios esfuerzos para no dormirme, por fin Eduardo nuestro enólogo dijo aquellas palabras que sonaron como un conjuro: ¡Y ahora vamos a probar el vino!. Probamos varios blancos, tintos y rosados, nos tapamos los ojos para descubrir aromas inimaginados hasta ese momento, sabores y olores que evocaban frutas, vainilla, aromas de bosques o de lugares maravillosos. Poco a poco nos fuimos dejando conducir por aquel hombre que de pronto se había convertido en una especie de sacerdote gurú dirigiéndonos en un ritual ceremonial con miles de años de antigüedad. El concepto tiempo no existía y las doce personas que compartimos aquel momento nos sentíamos unidos por algo especial. La tarde continuó entre catas y algo de comer. Todos sonreíamos y disfrutábamos del momento con alegría, espontáneamente, como niños. Miles de sabores deliciosos, más dulces unos, salados o amargos otros y olores maravillosos nos embriagaban. Marí luz hablada embobada con Eduardo mientras en sus ojos ardía una lucecita blanca. Fue una experiencia única, el vino nos había cautivado y ya nunca seriamos los mismos. Nos despedimos entre abrazos y risas y prometimos volver a vernos. Desde aquel día tenemos un grupo de amigos alrededor del vino, nos reunimos una vez al mes. La semana pasada fuimos a la boda de Mari luz y Eduardo. A los nueve meses de aquel día nació nuestro hijo Pablo el divino, está sentado en mis rodillas mientras escribo. Pablito di vino; Vino.

La visita (versión 9)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas…

En realidad Él hubiera ido al fin del mundo si ella se lo hubiera pedido. Lo malo es que era allí donde Ella deseaba enviarlo por aquella época. Eran diez años de amarse a escondidas. Ella se sentía patética por repetir la sempiterna historia de la secretaria enamorada del jefe que pronto (o sea, nunca) abandonaría a su esposa.
Aquel sería el último fin-de-semana-de-congreso al que le acompañaría. Además, el tiempo se estropeó. Un inesperado viento frío, impropio de la estación, terminó en aquella llovizna que volvía inútil el deseo de Ella de un baño en el mar (y daba esperanza al deseo de Él de otro baño en la inmensa bañera de la suite).
Fue esa contraposición de deseos la que les condujo, con desgana mutua, a seguir el consejo del recepcionista del hotel y visitar aquella cercana bodega.
El trayecto fue corto en kilómetros y largo en silencios.
La entrada al pago estaba bien indicada. Aparcaron el coche frente a un portalón antiguo coronado por la imagen en piedra de un dragón que, sorprendentemente, parecía sonreír.
Entraron rápidamente en el caserón para esquivar la persistente llovizna y se encontraron con un pequeño grupo de personas. Ocho pares de ojos rasgados les miraron con falsa simpatía. Allí plantados, los turistas japoneses saludaron con leves inclinaciones de cabeza y volvieron a concentrarse en ajustar sus cámaras fotográficas para inmortalizar la visita.
La consecuente falta de intimidad fue un alivio para ella. A él pareció no importarle.
Cerraron sus paraguas, respondieron a los “invasores” con los mismos movimientos de cabeza y las mismas falsas sonrisas y esperaron al guía.
Minutos después se abrió una pequeña puerta lateral y entró en la habitación un hombrecillo de aspecto insignificante que los miró con pereza y les preguntó si hablaban inglés. Ella, traviesa, se adelantó a cualquier movimiento de Él y asintió con la cabeza. Sin más, los diez “extranjeros” iniciaron la visita.
Ella se dejó envolver por el fantástico “spanglish” del lugareño y se dispuso a abrir un paréntesis en su melancolía que le permitiese disfrutar del momento.
Entonces pasó. Ella no sabría decir si fueron los vapores, los deliciosos olores de la madera de los toneles, la perfección de las botellas exquisitamente alineadas, la conmovedora historia de la familia fundadora del pago original partida en dos por la guerra civil, narrada sin embargo de manera monótona por el guía, o quizá la conjunción de todo aquello, pero algo sucedió en su interior…
La visita terminaba con una cata de los caldos de la bodega. El guía sirvió copas para todos. Sobre la mesa había vino blanco, rosado y tinto a partes iguales.
Él le pidió que cerrara los ojos un momento. Cuando Ella los abrió Él levantaba una copa de vino blanco frente a su cara. En su interior, entre las preciosas iridiscencias del líquido, se distinguía perfectamente un anillo dorado rematado por un enorme brillante. Él sonreía, aunque estaba visiblemente nervioso. Ella lo miró durante un segundo eterno. Después tomó de la mesa otra copa de vino y se lo llevó a los labios. Cerró los ojos y se dejó invadir por aquel vino, aromático y muy afrutado que acarició su paladar y dejó una elegante sensación en su nariz.
- Hoy he comprendido que, en realidad, siempre me gustó más el tinto.
Se giró hacia sus compañeros de visita y les hizo una larga reverencia a modo de despida. Después salió de la casa y dejó que la lluvia la empapara por dentro y por fuera.

La visita (versión 10)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas. La idea había sido de Adela, Francisco sólo se limitó a acompañarla sin chistar; él hubiera preferido quedarse en el hotel para disfrutar de las comodidades de la habitación. Recorrieron el trayecto que los separaba de la bodega; distendidos, entreteniéndose con comentarios fútiles y embelesados por el paisaje. La reputada viña de C’an Vidalet quedaba al norte de la isla sobre un promontorio frente al Mediterráneo. Hacia el sur las vides eran como una gran alfombra brillante apenas ondulada por la brisa.
¿Qué harían en una bodega?, el interrogante fue dilucidado casi de inmediato. Una charla explicativa sobre la empresa y la familia fundadora, la conquista y adecuación de las tierras, algo de la historia del vino y una decena de datos que a Francisco le resultaron carentes de toda importancia. Sin embargo Adela seguía atenta y parecía estar muy interesada.
El guía continuó recitando cual autómata los pormenores de los cultivos: Chardonnay, Sauvignon Blanc, Merlot, Syrah y otros. Todo resultaba muy monótono hasta que a Francisco algo le llamó la atención y lo entusiasmó: el anuncio de una cata. Él no era lo que se llama un sommelier pero le agradaban los vinos y tenía especial capacidad para reconocer los mejores.
Levantaba las copas con cuidado, los miraba a tras luz para luego degustarlos cómo sí en su boca se deshiciera la más exquisita y exótica de las frutas. Hasta ese momento ninguno de ellos era digno de ser destacado, quizás el genio que llevaba esa mañana saboteaba el juicio de Francisco; hasta qué cogió la copa del Syrah. El sol pareció desprender destellos a través del vino y unos hilos caprichosos e imperceptibles dibujaban extrañas figuras sobre la concavidad de la copa. Tomándola firmemente desde el pie le dio varios giros, cerró los ojos, aspiró profundamente y se dispuso a beberlo. Quizás nunca debió hacerlo. El recuerdo de ella lo invadió, amable, sabroso e indeleble. Seguidamente percibió ese profundo aroma a frutas silvestres que tenían sus cabellos aquel día de primavera cuando la conoció. Separó de su boca la copa por un instante para ver el contenido rojo del Syrah, rojo como sus labios, intensos, refinados. Esos labios que parecían haber sido creados a medida de los de él al igual que sus besos, largos, profundos…sus besos. Ella lo había besado cómo nadie hasta dejarlo sin aliento y luego de cada entrega de su arte dejaba a manera de firma de autora otro pequeño, imperceptible… parecía decir: “éste es mi beso, único e irrepetible”. Bebió otro sorbo y recordó los quesos y los frutos secos salados mezclados con pasas de uvas que tanto a ella le gustaban. Por un instante creyó verla parada frente a él, sonriente, atractiva, con sus grandes ojos portadores de la mirada más inquietante que mortal alguno haya poseído. Estuvo a punto de pronunciar su nombre, ése que hacía tiempo en homenaje a ella sólo repetía en la intimidad cuando la melancolía lo abrumaba.
— ¡Paco, Paco…Francisco! —Adela lo llamaba Francisco cuando poca paciencia le quedaba— ¡Hombre!, ¿pero qué te pasa, estás tonto?
— Nada, nada ¿qué me va a pasar?, ¡quita mujer! —y mirando al guía continuó—, dígame caballero ¿podría comprar algunas botellas de este inigualable vino?
Desde entonces, al beber el Syrah, Francisco recibe la visita de ella y Adela, pendiente de esta situación, cree que su esposo necesita un tratamiento para dejar la adicción.

La visita (versión 11)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas para siempre.

Yo había empleado tanto tiempo y dinero en terapias ineficaces, en libros de autoayuda, en citas a ciegas, en viajes para escapar de mi rutina vital… Me apunté a estas vacaciones sin fijarme en el itinerario. Este año ni siquiera mi prima me acompañaría, me daba igual ir a un sitio que a otro, sólo aspiraba a pasar unos días tranquilos en la playa, aderezados con alguna escapada cultural. Pero aquel día gris programaron una visita a una bodega cercana y, aunque no me crea nadie, lo confesaré, ¡yo no había probado el vino en mi vida! Otras bebidas alcohólicas que mis amigos me obligaron a ingerir a altas horas de la madrugada, lo único que me habían producido eran ganas de vomitar. Desde pequeña tuve miedo del vino. Rojo como la sangre, prohibido por mis mayores. Miedo a perder el control, a reaccionar improvisadamente, a no planificar de antemano. Mucha gente me consideraría una persona de costumbres aburridas. Siempre que comía en un buen restaurante, a la hora de elegir la bebida elegía “agua mineral”. Por eso la idea de visitar la bodega me inquietó desde el principio, aunque rápidamente pensé en rechazarlo cuando me lo ofrecieran, como de costumbre. El problema surgió cuando un hombre moreno, de ojos profundos y voz suave, fue explicando el proceso por el que las uvas llegan a convertirse en aquel elixir delicado. Poco a poco la oscuridad, el eco, el olor de la tierra mojada fue invadiendo el ambiente. Cada vez me encontraba más intranquila, mis temores se estaban agolpando en mi mente hasta que se toparon contra una copa que él me ofrecía. Nunca había sentido su aroma de aquella manera. Cogí la copa sin pensarlo, cuando él me la ofreció no pude rechazarla… sólo un sorbo no me pondría en peligro… levanté la copa para inclinarla y admirar su tonalidad y consistencia como hacía ese hombre que no paraba de mirarme fijo a los ojos. Él se la llevó a la nariz y luego a la boca, paladeó un trago y se humedeció sus jugosos labios con aquel líquido rojo intenso… o lo pruebo ahora o nunca. Y le imité, y tomé un sorbo, y estalló en mi paladar, y mi cerebro se puso a dar vueltas por toda la estancia, y el ruido de las copas cesó, y el instante se prolongó mientras mis ojos se cerraban, mis oídos zumbaban y mi paladar desfallecía de placer.

Para él era una visita más, como cada día laborable, era su trabajo, guiar grupos por la bodega que le había contratado y explicarles todo lo relacionado con el arte de la elaboración del vino, aquello a lo que dedicaba sus horas, aquello que le impulsaba a seguir viviendo a pesar de sus fracasos personales. Pero ese día fue diferente desde el comienzo, una fina lluvia, inusual en aquella época del año, añadió un toque melancólico a aquella mujer que con su gorrito de lluvia intentaba cubrirse los rizos castaños que se le escapaban. Desde el principio se fijó en ella, su belleza contrastaba con su torpeza social, con el asombro de todo lo que le explicaba y veía, como si viniera de otro planeta, sus inocentes preguntas sobre lo que se podía sentir al probar de tal o cual barrica y su reacción al catar el gran reserva que le ofreció. Decididamente se volvió loca y le contagió su locura.

Y así han vivido desde entonces, intentando sacar adelante la pequeña bodega que compraron y rememorando a diario entre cubas y copas, aquel improvisado primer sorbo de ella.

La visita (versión 12)

Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas…
Tras aparcar el coche ya notaron el aroma de la uva madura. Se encaminaron a la puerta de la Bodega con intención de pasar la mañana lo mejor posible después de su desilusión playera. La fina lluvia seguía depositándose con suavidad sobre sus hombros humedeciendo la camisa.
“¡Papá, papá, mira! ¿Qué hacen esos hombres?” Intrigados por lo que estaba presenciando su hijo el matrimonio se acercó hasta la esquina del edificio.
“Están pisando la uva, vamos a echar un vistazo”
Los tres se aproximaron a los hombres, donde bajo sus pies salía el caldo.
El niño entusiasmado les preguntó si podía él también pisar la uva, a lo que los hombres le respondieron afirmativamente. Los padres no salían de su asombro mientras el pequeño no cabía de gozo en sí mismo. Aunque el día era gris se dibujó un gran sol en su rostro. Desprovisto de sus zapatillas fue ayudado por los hombres a subir a lo alto de la cuba. La cara le cambió al contacto de sus pies descalzos con las uvas que le resultó extraño. Tras un rato pisando bajó agotado. Ya con los pies limpios y calzados contempló junto a sus padres cómo salía el mosto y en la cuba se iba quedando la pulpa y el hollejo.
Después los tres se despidieron agradecidos y se fueron camino a la entrada de la Bodega. Esta vez sí, pasaron a su interior a través de la puerta y en el mostrador les dieron la bienvenida. Una chica muy amable les condujo a través de las diferentes salas y galerías. Terminaron la visita con una cata de los mejores mostos de la Bodega.
Tras unas horas volvieron a su casa felices y contentos por el buen rato pasado, sobretodo el pequeño de la familia que no iba a olvidar tan fácil la aventura mañanera descubriendo los secretos del vino.

La visita (versión 13)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían del coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas...
La lluvia arreciaba cuando llegaron al viejo edificio, haciendo imposible continuar por la destartalada carretera sin visibilidad. Tras media hora esperando sopesaron sus opciones: continuar dentro del coche hasta que las interminables nubes pasasen o entrar en lo que parecían unas bodegas antiguas.
- ¿Quién me sigue? ¡Me muero por un buen vino!– Gritó Rebeca saliendo del coche protegiéndose con la chaqueta.
¿Por qué no? pensaron mientras la seguían.

Segundos después se encontraban aporreando el portón de entrada con la esperanza de que alguien les abriera.

- Es inútil, chicos, esto tiene pinta de llevar cerrado siglos...

Apenas había terminado de hablar cuando un chirrido les indicó que alguien estaba abriendo la inmensa mole de madera.
Visitantes y encargado se escrutaron con atención. El encargado era un hombre de edad indefinida con escaso pelo e inexpresión en sus ojos. Ellos, dos parejas rozando la treintena, vestidos para ir a la playa salvo por sus chaquetas empapadas.

- ¡Gracias a Dios! – Exclamó uno de ellos viendo que el hombre no hacía ademán de dejarles entrar – Nos preguntábamos si podríamos visitar las instalaciones o si tienen zona de degustación y venta. No parece que vaya a escampar y estaríamos muy agradecidos si nos dejase pasar.
- Han tenido suerte – Contestó el hombre con una pausada y flemática voz.– No solemos estar abiertos a estas horas. Habitualmente el horario al público comienza por la tarde, cuando abrimos el restaurante. No solemos realizar visitas guiadas por nuestras instalaciones pero considerando el día tan oscuro que hace creo que podría hacer una excepción.
Los muchachos agradecieron al hombre su amabilidad y entraron en la oscura estancia que hacía las veces de recibidor.
Las paredes exhibían fotografías antiguas, graciosamente colocadas entre enormes barricas de roble con claro fin ornamental. Sobre ellas varios carteles con el logotipo de la bodega y la palabra “RENGAS” con cuidada caligrafía.
- ¿Rengas?.
- Shhh... Renga es como una joroba de animal – Explicó Andrea a su novio que asentía convencido.
Los chicos se mostraron emocionados al ver que la entrada a la bodega se realizaba a través de una de las barricas, como si fuera un antiguo túnel secreto.
- ¡Es fabuloso! Este lugar está lleno de sorpresas. ¿Podremos después probar y comprar alguno de sus caldos? Nunca había escuchado su marca.
- Es complicado – Explicó el encargado – Nuestra producción es pequeña y está comprometida de antemano con amigos y conocidos, sin contar con lo que reservamos para autoconsumo. Nuestra marca es poco conocida pero de gran calidad, estoy seguro de que no habrán probado nunca nada parecido. En cuanto a la entrada, esta barrica es sólo una de las decenas habilitadas como accesos e incluso habitáculos. Puede que quieran ustedes participar en nuestro proceso de producción.
- ¡Sería emocionante...! – exclamaron.
La puerta se cerró cuando los cuatro estuvieron dentro de la segunda barrica. Todo ocurrió muy rápido. Sintieron un escalofrío mientras eran mordidos en el cuello repetidas veces. Después se hizo un lacerante silencio.
- Deshazte del coche, como otras veces.- Ordenó el señor al encargado – Cuando termines trae varias cajas de botellas. No esperábamos a tanta gente y hay mucho que embotellar. Tendríamos que pensar también en cambiar de nombre. Se han fijado en “Rengas” y podrían asociarlo con el contenido de nuestro particular vino.
- Sí, señor – Contestó mientras salía con capa y gafas oscuras para no dañar su monstruoso cuerpo.

La visita (versión 14)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas, más aún la de el. Cuando llegaron, se encontraba en los parrales. Hacia ya tiempo que los granos habían empezado a aumentar su tamaño. Las uvas se mostraban ya amarillentas, presagiando el agostamiento. Le molestó atender el zumbido del móvil. Estos si que son un plaga, pensó. Los había visto acceder a la finca en uno de esos flamantes todoterrenos que, sin mácula, evidencian que, en realidad, son privados de serlo. Lo suyo tampoco fue una opción personal. De la voz del dueño, aunque afable, devino la obligatoriedad de ocuparse de nuevo de otro tipo de pámpanos: pámpanos, y pámpanas… ¡Menudas pintas! Dejó su chubasquero en el vestíbulo de la zona de representación. Le indicaron que el grupo ya debía deambular entre las barricas. Accedieron a la sala de catas al rato. Dos niños, una niña, una mujer, y un hombre. Los revolvió con la mirada, una vez, dos veces, tres veces, cuatro. Cerró los ojos. Recordó todos y cada uno de los elementos distintivos de quién fue su mujer. Evocó el flujo de la mirada de un bebe, como tal, pese a ello, incapaz de recriminar nada. La mezcolanza de recuerdos se aposentó poco a poco. Borboteó un sueño. Si tenía alguna duda, que no la tuvo, se desvaneció. -Mira! Carlos…, esas botellas son del año en el que dicen que nací yo.

La visita (versión 15)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas.
Mariana se preguntaba qué tendría de interesante ese lugar. Todo le era tedioso.
Hacía tres años que estaba divorciada. Sus padres propusieron este viaje.
Llegaron junto a otros excursionistas. Un empleado afable les explicaba cuáles eran los orígenes de la bodega. La mente de Mariana estaba dispersa y no escuchaba lo que decía. En cambio, notó que un hombre cerró las puertas de ingreso. Quiso comentarlo con su madre pero no pudo.
Se acercaron a un mostrador donde otro comenzó a hablarles de los distintos sabores, aromas, colores e historia de los respectivos vinos, mientras el guía llegó junto al que había cerrado las puertas. Cruzaron algunas palabras, otros dos se les reunieron y luego, tres más. Todos se veían alterados. Mariana no los perdió de vista.
Uno se quedó con el vigilante en la puerta, los otros se dispersaron, y el guía volvió con el contingente. Al pasar, le dijo algunas palabras al del mostrador, quien con gesto preocupado, habló así:
—Señores: ustedes están ajenos a la verdadera situación de esta empresa. Nos vemos obligados a terminar aquí la visita. Los empleados de la bodega tomamos las instalaciones, en reclamo de haberes atrasados. Les pedimos calma. No queremos dañarlos, pero están aquí y se quedarán hasta que todo termine.
Los visitantes protestaron hasta que se oyó un disparo atronador y todos callaron.
—¡Silencio! —gritó el guardia— ¡Esto es así y no hay vuelta. Si colaboran, no saldrán lastimados!
Mariana no lo podía creer. Estaba fastidiada por terminar sus vacaciones de esta manera, en un lugar horrible y en medio de un conflicto laboral.
El custodio de tez morena, mirada profunda, cabello oscuro, le resultaba sensiblemente atrayente.
Se imaginó frente a él en otra situación. Siguió cada uno de los movimientos de sus labios perfectos y el ondular de su camisa, despojada de la corbata, que estremecía su pecho agitado. Si fuera otro momento, tal vez podrían haber entablado conversación, sentir su perfume y, por qué no, rozar su mano. Él no parecía ajeno a su interés.

Afuera había cientos de policías. Quizá no hallaban la solución al conflicto. Ella pensaba que el guardia y sus compañeros no saldrían del lugar sin ser heridos, a menos que se entregaran o tomaran rehenes para huir.
El clima se volvía más tenso a medida que pasaban las horas.
Las sombras comenzaron a hacerse presentes. Decidieron, bajo presión, dejar salir a algunos.
El joven vigilante se le acercó preguntando si quería irse. En el cruce de sus miradas ardió una llama.
—No —respondió Mariana—. Yo estoy de acuerdo con sus reclamos. Me quedaré.
Él escondió una sonrisa cómplice y se alejó. Ella era su esperanza. Se veía comprometida con él, su mirada insistente se lo estaba confirmando.

En el movimiento de salida de rehenes, la policía intentó entrar por otra puerta y se inició un tiroteo.
Los que quedaban, buscaron refugio detrás del mostrador atestado de botellas. El padre de Mariana la jaló por un brazo y ella se resistió. Quería ver dónde había quedado su galán. No sabía si interviniendo, complicaría las cosas pero era su oportunidad, estaba harta de la vida llana. Quería hundirse en el abismo de esa mirada.
En la puerta, varios policías pugnaban por abrirse paso. Entonces su héroe apareció con el arma dispuesta. Uno de los recién ingresados le apuntó advirtiéndole que se rindiera. Hubo gritos, golpes, ruido de maderas quebradas y vidrios que estallaban. Mariana corrió enceguecida para tratar de defenderlo, pensando que la policía no la dañaría. Él intentó acercarse, sus manos se rozaron… y el abismo se cerró.

La visita (versión 16)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas…
Apenas se había movido el segundero cuando los dos se dieron cuenta de que aquel maravilloso día en la playa se había convertido en un paseo más por una bodega escogida como segunda opción. Pese a que la distancia que separaba lo anhelado de lo indiferente no era mucha, el viaje estaba resultando bastante pesado por las incesantes curvas que formaban la carretera. Él conducía con aparente tensión, manteniendo el cuello rígido y dejando ver el recorrido de sus venas serpenteantes. Apretaba tan fuerte el volante que al mover las manos dejaba en él un rastro de sudor. No podía quitarse de su cabeza aquel pensamiento que le atormentaba y que deseaba que nunca se convirtiera en realidad. Ella iba a su lado, con la ventanilla bajada y el brazo extendido con la palma de la mano hacia abajo mientras las finas pero constantes gotas resbalaban por su pálida piel. Ella miraba fijamente el espejo retrovisor y veía sin inmutarse como todo corría hacia atrás, como escapaban las últimas esperanzas de reconciliación en aquella playa, en aquella arena.
El paisaje parecía contagiarse de la tristeza de la pareja. El viento golpeaba con fuerza a los árboles que movían sus melenas con un vaivén continuo como si de marionetas se tratase. Él no tardó en detener el coche frente a un cruce en el que había varios letreros oxidados, levantó la vista y fue deslizando su mirada por ellos hasta encontrar la bodega. Se mostró indiferente mientras giraba el volante hacia la derecha, una curva más que lo acercaba a aquel pensamiento que deseó enterrar días atrás pero al que en ese momento prefería enfrentarse cuanto antes para terminar con aquella pesadilla.
La bodega no tardó en aparecer en el horizonte, la agradable impresión que les causó a los dos hizo que cambiaran sus pasivas caras y que mostraran interés por la bodega inclinando sus cuellos hacia delante para querer adelantarse a lo que ya estaban viendo. Él incrementó levemente la velocidad, viéndose obligado a frenar bruscamente a la entrada de la bodega.
El edificio era de piedra e imitaba a un castillo, tenía una torre con numerosas almenas. Sin duda también sorprendía que una de sus paredes estuviera cubierta por hiedras que escalaban por la piedra peleándose en una carrera por llegar al cielo.
Una vez en el interior los dos pudieron apreciar un olor agradable del que no tenían prisa por desprenderse. Se perdieron en medio de un grupo de turistas que realizaba la visita guiada. Atendían a las explicaciones del guía en medio de un mar de cámaras y preguntas. Mientras escuchaban el proceso de fermentación del vino, aquel pensamiento regresó a la mente de él, sabía que allí, antes o después se descubriría todo, lo que más miedo y vergüenza le daba era pensar en la cara que pondría ella al descubrir el engaño. Ella por el contrario, parecía muy interesada en la explicación y seguía con el dedo índice las líneas del folleto que les habían dado en la entrada mientras lo leía.
Al acabar la visita, los invitaron a probar los deliciosos caldos que salían de aquellas barricas de roble cuidadosamente colocadas. El momento se acercaba. El guía sirvió el vino en las copas de la pareja, cuando ella la levantó para catarlo, ocurrió. En el delicado cristal pudo ver el reflejo de un chico al que no tardó en identificar, ése sí que era él y no el chico que la venía acompañando desde algún tiempo. Ella no entendía el porqué pero los dos hermanos gemelos se parecían como dos gotas de vino.

La visita (versión 17)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa misma mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas.
Primero fue el viaje mismo, aquel itinerario entre filas interminables de viñedos que, a ambos lado del río, se extendían hasta las estribaciones del apartado valle. Había escampado y un tímido sol comenzaba a asomar de vez en cuando entre la tupida cortina de nubarrones, un sol que desparramaba sus infinitos rayos sobre la tierra mojada y que, al acariciar con ellos las gotas de agua acumuladas en las hojas de las parras, producía un sinfín de diminutos reflejos que hacían del valle un lugar de ensoñación, un sitio en el que los sentidos parecían agudizarse para poder percibir toda la belleza allí reunida.
La carretera, estrecha y serpenteante, con sus deslavadas líneas blancas y sus escasas señales que anunciaban alguna que otra pronunciada curva, resquebrajaba por momentos el verde inmaculado de los viñedos y conducía hasta el palaciego edificio que, según recogía un amarillento papel que Jacinto había encontrado entre las hojas de un antiguo volumen que trataba sobre la elaboración del vino, escondía en sus vetustas entrañas de roca una bodega que, por otra parte, las guían actuales no mencionaban en ninguna de sus numerosas y coloridas páginas.
Jacinto y Marisol descendieron del cómodo monovolumen y, durante un buen rato, contemplaron la portentosa fachada del pequeño palacio. Luego, tras realizar las fotos de rigor, subieron unas coquetas escaleras de mármol, flanqueadas por recargados y blanquecinos balaustres, y penetraron en un solemne vestíbulo que otrora fuera pisado ocasionalmente por gente de alta alcurnia, poderosos condes y duques que, entre otras potestades, tuvieron la de saborear el exquisito caldo elaborado en aquellos apartados parajes.
Un tipo alto y enjuto, ataviado con una especie de frac raído de un color difícil de precisar, salió presto a su encuentro y, después de hacer una pequeña reverencia, les dijo con pausado tono:
-Sean ustedes bienvenidos. Hace mucho tiempo que nadie nos visitaba. Para mí, será un verdadero placer ser su cicerone y enseñarles, en primer lugar, nuestra magnífica y antiquísima bodega. Cuando la vean, enseguida comprenderán que se trata, sin ninguna duda, de un lugar único, y, en cierta medida, me atrevería a decir que, para ustedes, posiblemente turbador. Hagan el favor de seguirme.
Una empinada escalera de caracol, excavada en la misma roca, les condujo hasta un pasillo solamente alumbrado por varias lámparas empotradas en la pared. Al final del pasillo se veía lo que parecía ser una enorme puerta hermética, que fue abriéndose poco a poco cuando el encorvado cicerone accionó un diminuto mando a distancia.
La bodega, tenuemente iluminada, ocupaba un sótano amplísimo. Las altas filas de barricas parecían no tener fin. Fueron caminando por aquellos silentes pasillos hasta que llegaron a una enorme cuba cuya madera presentaba un color mucho más oscuro que el resto.
-Ésta es la verdadera joya de la corona –reconoció el cicerone, a la vez que señalaba la ennegrecida cuba-. En su interior reposa el primer caldo que, hace muchos siglos, produjeron estos viñedos. Es la esencia misma de la vida... Si su corazón en verdad lo desea, pueden probarlo. Pero les advierto que, de hacerlo, nada volverá a ser ya como antes.
Cuando, confundidos, Jacinto y Marisol abandonaron aquellos ignotos parajes, algo había cambiado en su interior. Durante los siguientes años, intentaron regresar a aquella extraña bodega, pero jamás volvieron a encontrarla. Hoy son unos amantes del enoturismo que visitan las más variadas bodegas en busca de aquel quimérico caldo que una vez probaron y que, por unos instantes, les trasladó hasta un tiempo perdido en el mismo tiempo, una edad sólo dominada por los sentimientos primigenios y la esencia de las cosas.

La visita (versión 18)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas... Nunca se hubieran imaginado lo que se encontrarían allí. Marta entró temerosa y con un poco de frío. Pensó en ponerse algo de ropa, pero como iban vestidos de playa, pues nada.
- Ya verás como lo pasaremos bien.
- No estoy muy convencida.
- Que sí mujer, que me ha dicho mi hermana que está muy bien.
Su hermana. Ya salió su hermana, la sabelotodo. La mujer perfecta, que conoce mejor a mis hijos que yo misma. ¡JA! Ya quisiera ella tener estas tetas... Bueno, la verdad es que en la bodega nos recibieron muy bien, primero Jorge Ramiro, director de la misma, que nos introdujo a Javier Marsán, un enólogo amigo suyo que nos hizo de guía. A Fran le gusta mucho el vino. Bueno, a Fran lo que le gusta es beber, así a secas. El tío estaba embobado mientras Javier no paraba de explicar las viñas de la zona, el tipo de vino que salía de ellas, la recogida y transporte de la uva y algo especial sobre las barricas, la verdad es que no me enteré mucho, todavía me duraba el cabreo de haberme quedado sin playa. Mientras Javier nos contaba esto, nos fue orientando hacia un salón, donde nos dieron algo de comer, regado con unos buenos vinos de la casa. La verdad es que la cosa pintaba mejor, me empecé a olvidar de la arena y el mar. Un salón precioso, con grandes ventanales y sofás comodísimos. Además, la verdad es que Javier era un gran anfitrión, tenía a Fran totalmente absorto en sus palabras y bueno, el hombre tenía un buen culo, para que nos vamos a engañar. Le hubiera dado su merecido sin pensármelo. La verdad es que llevo dos años sin ponerle los cuernos a mi marido, desde lo del mulato. Dios, ¡pero qué mulato! ¡Si se podía poner una de pie en sus abdominales! Pero aquello se acabó. Fran se puso hecho una furia cuando se lo conté, pero ya lo ha superado. Al principio desconfiaba mucho, pero poco a poco todo ha vuelto a la normalidad. Es un poquito tonto, pero en el buen sentido. Cuando nos acabamos el postre, dimos un precioso paseo por los viñedos más cercanos. Fran y Javier seguían hablando alegremente, mientras yo iba disfrutando de aquel bonito domingo. La verdad es que parecían amigos de toda la vida, dándose palmadas y riendo a carcajada limpia. Debió ser el efecto del vino. Luego Javier nos acompañó al coche, se despidió, pidiéndonos que volviéramos pronto y entró en la bodega.
- ¡Hostia!
- ¿Qué?
- Me he dejado la cartera dentro al pagar.
Que despistado es, algún día perderá la cabeza. Y nada, tuvo que entrar a por la cartera. En ese momento, yo decidí aprovechar ese tiempo muerto para entrar al lavabo, total... Al abrir la puerta me encuentro a Fran y Javier besándose como si estuvieran en una serie de esas de niños de instituto. La verdad es que nunca me olvidaré. Ahora los dos hacen visitas guiadas y yo volví con el mulato.

La visita (versión 19)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas…
Una mujer impecablemente vestida salió a recibirles.
-bienvenidos. Si les parece, iniciaremos la visita inmediatamente.
-qué raro, ¿no? –dijo Silvia al oído de Diego-. Ni que nos esperasen.
-Bah, no seas neuras –espetó Diego de malas maneras mientras seguía a la atractiva mujer.
-aquí nuestra primera sala. Hemos construido un pequeño museo con herramientas que se utilizaban antaño en el mantenimiento de las viñas. Tenemos varias joyas, pero mi favorito es éste de aquí –acercó a la pareja a una vitrina. En su interior descansaba algo parecido a una hoz de miniatura.
-¿qué es? –dijo Diego sintiéndose como un analfabeto.
-se llamaba corquete, se utilizaba para vendimiar.
-¿cómo funcionaba?
-verán –la mujer los acercó a una replica de una vid que presidía el centro de la estancia, cogió un útil parecido al expuesto y miró directamente a Diego-. Se colocaba aquí, y con un pequeño movimiento… el racimo es nuestro.
-Oh –Diego se prendó del perfume de la fémina mientras Silvia observaba enojada en dirección opuesta, esperando que alguien se percatase de su ausencia.
-a esta pieza –prosiguió la mujer- le tengo un especial cariño porque perteneció a mi bisabuelo.
-¡vaya! debe tener al menos…
-unos ciento diez años, más o menos. Hemos intentado restaurarlo, pero es muy difícil. Por eso tenemos estas reproducciones.
-quizá sea indiscreto, pero…
-adelante, usted dirá –Silvia parece a punto de estallar.
-¿su familia tuvo algo que ver con la fundación de esta bodega?
-¡claro! Mi bisabuelo trabajó las viñas toda su vida, y mi abuelo construyó la bodega en sí. Mi padre buscó algunas adhesiones para hacernos más fuertes y aquí estoy yo. No se confunda. Nosotros hemos levantado ésta bodega a fuerza de trabajar duro. No somos como otras que han abierto en los últimos años, que las hacen empresarios que no saben qué hacer con el superávit.
-¿también usted trabaja las viñas?
-sí. Por las tardes, que está aquí mi hermana. Nos turnamos.
-¡vaya!
-¿le sorprende?
-sí, quiero decir –contestó atropelladamente Diego-…no es machismo, pero es que una señorita tan elegante como usted, oliendo a fino perfume, dejándose los riñones.
-creo que nos vamos ya –interrumpió Silvia.
-¡Vete tú si quieres! –la intensidad de la voz de Diego hizo eco en la inmensa estancia. Silvia sale correteando.
-lo siento –dijo Diego con aplomo-. Es que hemos discutido…
-quizá debería seguirla.
-no, se quedará en el coche lloriqueando y se pasará todo el camino de vuelta diciéndome lo mucho que me odia.
-bueno –la mujer se sentía muy incómoda-, en cualquier caso, la visita ha terminado.
-¿le importaría continuar sólo los dos? –sin dar tiempo a la señorita a contestar, prosiguió-. Posiblemente no tendré otra ocasión de ver maquinaria como ésta. Vengo de muy lejos. En mi tierra no hay vino. Ni siquiera conozco la maquinaria moderna.
-como quiera.
Los dos recorrieron la bodega sala por sala. La señorita intercaló concisas explicaciones con demostraciones prácticas. Diego se mostró la mayor parte del tiempo impresionado. Cuando la visita terminó, un pequeño apretón de manos y una caja de vino sellaron la despedida. Silvia estaba en el coche. Había dejado de llorar, pero oteaba a Diego con auténtico odio. Diego dejó el vino en el maletero y se montó en la plaza del copiloto con resignación.
El viaje de vuelta transcurrió en el más absoluto y opresivo silencio. Al apearse del vehículo, en la puerta del hotel, Silvia sólo enunció dos palabras: hemos terminado.

La visita (versión 20)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas…
Deben existir razones con muy buenos argumentos para que esa lluvia llegara, y el destino se cambie de un sabor salado de mar a uno de uva en nuestro paladar.
El lenguaje de nuestras bocas poco se lucía, la bodega nos deseaba y nosotros a ella. La expresión de nuestras caras al probar una, otra… y otra copa iba cambiando las respuestas y no eran de palabras, puesto que el vino comenzaba a fermentarse en nuestras vías circulatorias; y el pensamiento como la coherencia de un vocablo se hacían cada vez más ausentes. Protagonizando los cambios de expresión, no hay ningún vino parecido. Cuanto mas probamos, unas variadas gotas, a menudo nuestra estética contestaba.
Encontramos en aquella vistita nuestra verdadera cara, cuando salimos de aquella bodega en medio de acantilados.
Quizás, no nos dimos cuenta, cuanto tiempo teníamos puesta una mascara; entre días, meses y rutinas… nos olvidamos de nuestro ser. Gracias a esa bendita lluvia, alimentamos nuestra propia alma; destruyendo finalmente cualquier insípido y efímero reflejo de aquella mascara; absurda. Tras descubrir, esa deseada fermentación; nos daría como recompensa, nuestro verdadero ser; así conseguimos verlo, gracias a una visita; pero no cualquier visita.

La visita (versión 21)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas.

- Continúen por favor, no se detengan; les mostraré el almacén subterráneo.-Indicó la atractiva guía-.

El grupo lo completaba un puñado de jubilados y un selecto círculo de sibaritas. Siguieron a la guía mientras ésta, con un afán que rozaba lo glamoroso, trataba de encajar en las escaleras sus interminables tacones de marca. Al fondo, una tenue luz iluminaba una mesa pegada a la pared de ladrillo envejecido, al mismo tiempo que dejaba entrever una misteriosa silueta humana que daba la espalda al público.

Por alguna extraña razón, el grupo de Unai sintió curiosidad por aquel personaje que ni siquiera se había inmutado con la octava visita del día. Se entretuvieron y quedaron totalmente rezagados del resto del grupo. De repente, el hombre se volvió. Descubrieron un rostro arrugado tras una enorme barba blanca. Llevaba una copa de vino en la mano y en la mesa de roble descansaban de pie media docena de botellas.
- La cata es el noble y ancestral arte de la interpretación del vino. - Dijo el anciano sin previo aviso-.
- Sí, si…claro. –Balbucearon al unísono-.
- Catar es probar con atención un vino. Sólo eso. Se trata de conocerlo, buscando sus diferentes cualidades y defectos. Porque todo el mundo, en esta vida imperfecta, comete errores pero siempre tendrá virtudes más o menos visibles. Así como el aspecto de alguien puede hacernos enjuiciar con demasiada premura a una persona, también hay factores que pueden influir en una cata errónea, como una copa opaca con adornos o la propia temperatura del vino. ¿Veis estas lágrimas que resbalan por la copa? Significa que este vino tiene un elevado grado de alcohol y glicerina. ¿Veis la diferencia entre este vino y este otro? Los tonos más oscuros indican más vejez o peor conservación. Dulces, jóvenes, cabezones, amargos o cálidos; así son los vinos y así somos las personas.

Nadie pudo articular palabra. Aquel desconocido acababa de impartirles una clase magistral sobre la vida; y fuera de las aulas. Los jóvenes cataron algunas copas mientras el anciano hacía brillantes exposiciones oratorias.
Una vez se despidieron, el octogenario Marqués de Domecq recordó que guardaba con recelo una botella muy especial. Abrió el cajón de la mesa, alargó el brazo y dijo:
- Tomad. Es una pieza única cuyas uvas recolecté junto con mi familia cuando todo cuanto habéis visto hoy no existía. Salud, y que Dios os bendiga.


Esa misa noche, sentados en la arena de la playa y bajo un manto de estrellas relucientes, descorcharon la botella.
- Y ahora, brindemos de una santa vez.- Propuso Asier-. ¡Por nosotros! –Agregó alzando con ímpetu su copa-.
- ¡Por nosotros!- Gritaron al unísono-. Y tragaron el líquido rojo con buen gusto.

- ¿Os habéis fijado en la etiqueta?- Preguntó Iñigo al aforo antes de depositarla en el contenedor-. Sólo es un pequeño texto mecanografiado.

Decidió leerlo en voz alta sin que nadie lo pidiese.

- Así como cada uva es una pequeña unidad que da origen al ciclo de la vida del vino, los segundos, los minutos, las horas y los días, son las piezas minúsculas que forman parte de nuestro tiempo y que debemos aprovechar. La uva se prensa hasta no dejar una gota de mosto en los racimos; hagamos lo mismo con cada segundo de vuestras vidas.


En un principio, pensaron contar con pelos y señales todo lo sucedido a sus compañeros de la Universidad. Pero reflexionaron y decidieron guardarlo en lo más profundo de sus corazones. Al fin y al cabo, aquella visita no había sido una más. Para ellos, fue La Visita. La visita que cambió sus vidas.

La visita (versión 22)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas…

El último día
La carretera nos alejaba cada vez más de la costa y la lluvia no concedía tregua. Estábamos tristes: hasta entonces jamás habíamos salido del laboratorio, pero por culpa de la lluvia nos habíamos quedado sin día de playa. “Yo quería bañarme en el mar, yo quería bañarme en el mar”, decía continuamente Liz. Siempre que las cosas no salían como ella quería se repetía hasta la saciedad. Era uno de sus defectos. Resultaba que ninguno de los que allí estábamos, Carrie, Brown, Liz o yo, éramos perfectos. “No se preocupe, señorita”, la tranquilizó el chofer: “la bodega les encantará, es lo más bonito de este pueblo”. Pero ninguno estábamos entusiasmados con aquel “plan B”.
Pronto llegamos a la bodega, una casa gigantesca rodeada de vides mucho más acogedora que nuestro laboratorio. Los colores del otoño teñían el paisaje de oro y borgoña. Nos recibieron el dueño de la bodega, un hombre elegante y más amable que nuestros jefes, y su ayudante. Sorprendentemente, no parecían tenernos miedo; o quizás es que fingían muy bien.
Nos enseñaron las enormes estancias y nos explicaron todo el procedimiento para elaborar el vino, bebida que nunca habíamos probado. Brown se lo hizo saber, y entonces nos llevaron a una elegante y amplia sala de estar; allí, el dueño buscó en una especie de colmena de botellas cierto vino y vertió el oscuro líquido en cuatro copas de cristal que nos ofreció. No sin cierto temor bebimos el delicioso brebaje, que nos inundó de una calidez hasta entonces desconocida. Pronto terminamos la copa y pedimos una segunda, y una tercera….
Jamás habíamos sentido algo igual. Era como si toda la pasión y fuerza que hasta entonces habíamos mantenido cautivas, brotaran de pronto sin freno. Entonces, alguien puso música clásica para amenizar la velada, y como si fuera lo más normal del mundo, comenzamos a bailar en parejas.
Carrie estaba más bonita que nunca, y como me sentía tan inmensamente libre, me atreví a besarla. Brown dio un grito de júbilo al verlo, y besó a Liz. Bailábamos, reíamos y bebíamos. Nos queríamos: Brown a Liz, y yo a Carrie, como se aman cualquier hombre y mujer. Era una suerte no estar, por una vez, sin vigilantes, uno de los lujos que nos concedían, además del coche con chofer y aquella excursión, por tratarse de nuestro último día.
El dueño de la bodega, su ayudante y el chofer gimotearon al vernos joviales y despreocupados: sentían pena por nosotros, y me dije a mi mismo que si lográbamos despertar compasión en seres humanos y nos comportábamos prácticamente como seres humanos, ¿por qué merecíamos ser sacrificados? ¿Sólo porque no corríamos, pensábamos, procesábamos al mismo nivel que el resto de nuestros compañeros? Aquello no era justo, y por eso decidí que teníamos que huir de allí; no nos costaría demasiado; aquellas tres personas eran pan comido para cuatro fornidos androides como nosotros; les anularíamos y les robaríamos todo el dinero que llevaran encima. Después huiríamos lo más lejos posible, nos integraríamos en la sociedad humana con cautela y no acabaríamos siendo quemados en el horno de “Material defectuoso”. Sólo queríamos vivir…

La visita (versión 23)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas.
Sofía caminó por la empedrada entrada de la bodega mientras, detrás, le seguía su marido, Alberto, que cerró su deportivo con el mando a distancia. Raúl Soto, el dueño de la famosa marca de vinos, les saludó con entusiasmo en el hall, aunque no recibió el mismo calor por parte de la pareja. Ella era de las que miraban por encima del hombro. Llevaba un vestido echo a medida, rojo pasión y un collar de piedras que pesaban más que su remilgado cuerpo. En cambio a él le quedaba un poco justo la americana azul marino, y al darle la mano a Raúl, dejó entrever un macizo reloj suizo.
Después de una fútil conversación acompañados por un aperitivo y un buen vino de la cosecha, Raúl les explicó el porqué de su invitación. Era evidente que la relación entre ellos no iba a pasar a los cánones de la amistad, pero el dueño de la bodega, siempre fue muy nostálgico, recordaba con cariño la unión que tuvo durante su juventud con Alberto. «Las meriendas en casa de mi madre», añoró Raúl. Las vidas les habían llevado por diferentes caminos, pero habían tenido tanto éxito en sus trabajos que coincidían en el estatus social. Aparentemente.
Raúl era soltero y sin hijos. Su bodega era una de las más prestigiosas del país y la exportación al extranjero empezaba a tener fuerza. «Millonario y con cáncer», así les explicó su letal enfermedad. Por eso les había convocado allí, para confesarles que quería que Alberto heredara su legado.
La vida de Alberto había sido muy diferente de lo que la gente pensaba. Su apariencia había sido la de un millonario que se había ganado la vida de ¿empresario? Nadie sabía en realidad a lo que se dedicaba, porque él nunca quiso que supieran que era un timador que estafaba a la gente. Así es como vivía, engañando a personas mayores, multimillonarios y gente ingenua. ¿Su mujer? Era una arpía que solo estaba con él por el interés.
La situación le venía a pedir de boca a Alberto, ya no tendría que vivir delinquiendo, no obstante supo contener su entusiasmo ante su amigo. En cambio, Sofía fue más descarada al cambiar de actitud de repente. Su soberbia se convirtió en amabilidad tras las palabras de «herencia» que pronunció Raúl.
La visita les había cambiado, en efecto, pero el ímpetu de Alberto pudo con él. Mientras paseaban entre los viñedos, decidió dejar a su esposa. «No te quiero», le espetó en el campo. La reacción de Sofía no fue dramática, sino que, envalentonada, le amenazó con denunciarle por la multitud de estafas en las que se había visto implicado.
A Raúl también le cambió la visita. Su madre fue una de las primeras estafadas por su amigo Alberto, cuando este empezó en su carrera de delincuente, pero nunca supo cómo vengarse hasta ese día. Todo le salió a pedir de boca, no sabía que era tan fácil engañar a un timador profesional.
La pareja fue detenida y Raúl lo celebró con un buen vino.

La visita (versión 24)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambiaría sus vidas.
Fernando y Lourdes, acompañados de Fabián, se dejan guiar por el enólogo. Se trata de una bodega-museo, sinergia entre enología y arte, pero es en definitiva el vino quien seduce a los amantes de la uva soberbiamente elaborada. Fernando, empresario, ha invitado a Fabián, un gerente recientemente incorporado a una de sus empresas, a pasar un fin de semana con él y su esposa. Sabe que es un experto en turismo enológico, igual que Lourdes, capacidad de la que él carece.
Finalizado el recorrido de la bodega se dirigen al restaurante para almorzar. Está situado en la parte alta de un cerro, rodeado de viñedos, desde donde se observan las montañas nevadas perfilando el cielo en el horizonte. Sentados en la mesa, Lourdes orienta a su marido en la elección del vino, un tinto con sabor fuerte conociendo las preferencias de Fernando por la carne, y Fabián aprueba la recomendación con una sonrisa. El primer brindis se produce y en los momentos en que el recuerdo del vino prevalece, Fabián piensa en aquella mujer: es la esposa de su jefe pero está convencido de que la invitación del fin de semana ha partido de ella, y empieza a notar el calor de su mirada creyendo que puede adivinar sus silencios. Mientras emprende un viaje sin retorno a la profundidad de aquellos ojos, siente que un pie descalzo acaricia sus tobillos confirmando sus sospechas. Llena las copas y luego inclina la suya sobre el mantel inmaculado para apreciar la intensidad del color y el matiz del vino. Pasan unos minutos y vuelve a percibir el contacto, esta vez el pie se desliza por los muslos amenazando con invadir su intimidad. Coge la copa, la eleva en un saludo tratando de evitar que se derrame el líquido que se agita, y decide no eludir el acoso haciéndole frente con la dignidad del gesto. El pie desnudo persiste y se aventura hasta encaramarse en el más recóndito y encumbrado confín. Fabián contempla, con perplejidad y cierto agradecimiento, cómo Lourdes saborea el vino, pasándolo por la lengua, apretándolo contra el paladar y buscando las sensaciones dulces en la punta.
—El vino produce una sensación cálida y exquisita —dice Lourdes entornando los ojos.
—Es una expresión llena de poesía —comenta Fabián.
—Me reservo la opinión hasta conocer su precio —concluye Fernando, y confirma con su actitud que la auténtica espontaneidad casi siempre es insoportable.
Los tres sonríen y se centran en sus respectivos platos apurándolos, dejando que el silencio haga lecho para que se instalen las palabras. Fabián decide beber en la copa de locura que Lourdes le ofrece cuando siente de nuevo el discurrir del pie desnudo presionando su zona más íntima, que reacciona defendiéndose con la firmeza, mientras percibe los aromas del vino intensamente ligados en su boca y nariz. Ebrio de emoción, sin poder contenerse, eleva la vista y comprueba, sorprendido, que Lourdes no está en la mesa, va de camino al excusado y, sin embargo, el pie desnudo sigue con su juego de erotismo. Perturbado, dirige su mirada a Fernando quien, mirándole con lujuria y juntando sus labios para ofrecerle un apasionado beso, le susurra:
—Tienes que matarla, y no con el moho ni el vinagre de un vino defectuoso, yo te diré cómo, será el crimen perfecto. Mata a mi mujer y todo lo mío será tuyo. Luego, dejaré que el vino derrame sus lágrimas en mi copa y… solos tú y yo… Fabián… Tengo una botella... ¡La he reservado para ti!… Chateau, Chateau… ¿Petrus?... Sí… Es caro, muy caro pero… tú te lo mereces todo, Fabián…

La visita (versión 25)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas...
Entraron a un túnel a bordo de un automóvil. A medida que avanzaban, se dieron cuenta de que iban en plano descendente. La oscuridad iba ganando terreno a la luz. Pronto se hallaron a setenta metros de profundidad, en un amplio espacio. Allí la oscuridad era completa; el frío, sobrecogedor. Alguien prendió las luces. Miraron a su alrededor: De todos los ángulos partían, en diferentes direcciones, amplias vías que luego formaban una inmensa e intrincada red de comunicaciones. Al momento se les unió una guía.
— La que está de ese lado es la calle Pinot; Feteasca se llama la de más acá; la denominada Cabernet es la de aquesta parte —. Les explicó, por mencionarles sólo algunos nombres de vinos, al ver que seguían observando las vías.
— ¿Y esas larguísimas filas de toneles a ambos lados de las calles?—preguntaron los visitantes.
— Los de roble son para las variedades sin burbujas; las espumosas están contenidas en los de metal.
Avanzaron. Llegaron a la sección de espumosos, donde las empolvadas botellas —que sumaban varios centenares— estaban un poco inclinadas, boca abajo.
— En esa posición están porque así sus sedimentos y residuos se acumulan en el pico. Eso nos permite extraerlos para luego proceder al encorchado final —. Explicó la guía.
Al llegar al almacén, los visitantes se quedaron pasmados. Había allí más de un millón de botellas.
— El más antiguo que tenemos es el vino pascual de Jerusalén, de mil novecientos dos. Por él alguien ofreció cien mil dólares. No fue vendido, pues no tiene precio —. Siguió enterándoles la guía.
De aquí en más, tocaba pasar por los salones de degustación. El primero y más grande es el llamado Presidencial. Estaba muy bien iluminado y lleno de colorido. En el centro se verificaba una mesa de largo y sólido roble, con sesenta y cinco sillas.
— El gobierno soviético lo usó para brindar banquetes oficiales; para lo mismo y para otra clase de actividades el gobierno actual lo utiliza.
Luego entraron en la Sala Casa Mare, el salón de los invitados. Tenía una capacidad para quince personas. En el Salón de Banquetes Mar Sarmático ingresaron después. Éste es llamativo por su techo, que antiguamente era parte de una cueva submarina. En tal techo se podían ver fósiles de criaturas acuáticas. En el centro del salón una hermosa mesa redonda con diez sillas se podía apreciar. Salieron de allí para en seguida entrar en Salón de Banquetes Yuri Gagarin, el último que quedaba por visitar.
— Se llama así este salón en honor del famoso cosmonauta que visitó nuestra bodega el ocho y nueve de octubre de mil novecientos sesenta y seis. Así como él, a lo largo de más de cincuenta años, han venido hasta aquí personas de casi todas las nacionalidades. Hoy la bodega tuvo el honor de recibirlos a ustedes.
— Lástima que no haya otro salón para que en nuestro honor le pongan nuestros nombres —. bromeó uno de los visitantes.
Agradecieron a la guía su atención y se dirigieron hacia el exterior. En el viaje de vuelta, a los visitantes se les ocurrió una idea, que, de no haber sido por aquella visita, no se les habría ocurrido: Montar una tienda de vinos en Odessa.
— Ah, como nosotros —. Intervino la niña que oía esta historia.
— Verás. Era una pareja de recién casados. Partieron un día con dirección a Cricova, donde queda la bodega que tu madre y yo visitamos. Era octubre del año dos mil cuatro.
La niña comprendió y a su padre una encantadora sonrisa le esbozó.

La visita (versión 26)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas,, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas…Nada más atravesar la puerta, cientos de obras artísticas colgaban en cada rincón: una botella de vino al óleo, una escultura de un botijo, un lienzo con una bota de vino de colores...El Señor Kolakowski, polaco, no daba crédito a tanta belleza. Durante la cata, les explicaron que cada obra, junto con cada sabor, tenía un significado. La Señora Misi anotó en su agenda un par de rutas sobre el vino. Mientras, Lilot miraba a su recién esposo a la vez que brindaban con dos copas en lo alto. La visita concluía con un tenor cantando, y hojas de vid cayendo desde el techo. Desde aquel día, la ruta apareció en todas las guías de viaje como “ La bodega en la que el vino se convirtió en Arte”.

La visita (versión 27)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambio sus vidas. Sus vidas de turistas, nómades, sin orígenes ni destinos, producto de las riquezas heredadas, de los hábiles manejos de la bolsa y negocios oscuros por el mundo. Sus vidas lejos de toda realidad, espacio y tiempo, en permanente fantasía. Sus vidas, cuando ya todos superaban los sesenta años.

Ataviados con sus ropas costosas, que chorreaban brillos y telas sin mezquindad, joyas, sombreros, calzado y bolsos en la misma sintonía, llegaron a la bodega, enclavada en un cerro verde oscuro, tan oscuro como el color de los olivares, donde hombres y mujeres de todas las edades trabajaban sin descanso.

Ingresaron al edificio, de estilo campestre antiguo, desordenados, desconociendo el silencio, imprestos a las explicaciones e instrucciones del guía, sólo haciendo alarde de las exquisiteces que les brindaba su mundo frívolo. El guía, fiel al entusiasmo de su tarea, entre otros aspectos, les hacía conocer el origen de la bodega, los pormenores de la cosecha de la vid, el almacenamiento de los vinos, su estilo, calidad, la importancia de los jóvenes, los blancos, los tintos, los añejos, de la madera y de los taninos. Mientras caminaban, los empleados atentos, bien dispuestos, los invitaban a degustar diferentes tipos de vinos, y se mostraban complacidos de responder sus preguntas, modificando, poco a poco, estas circunstancias el estado de ànimo que presentaran un rato antes este grupo de turìstas .

Finalizado este recorrido, el dueño de la bodega los agasajó con un almuerzo típico del lugar y con el mejor vino, el que guardaba estacionado en los sótanos desde sus primeras cosechas, ese que reservaba con mucho celo para las ocasiones especiales.
Los turístas, entre bocado y copa, le hicieron saber a este hombre, de mediana edad, de mejillas encendidas y ojos claros como el acero que, por primera vez se sentían transportados a un mundo donde jamàs ninguno de ellos había ido.

El guía antes de emprender el regreso, les propuso la última actividad, recorrer las plantaciones de vid, que tanto admiraron desde los coches al pasar por el valle.

Ya, en ese lugar, vieron a los obreros envueltos en ropas sencillas con las manos curtidas de tantas cosechas que cumplian con su faena, todos con gestos transparentes y buen talante en sus rostros, felices y alegres.

Ante la extrema belleza que exhibía ese cuadro humano la mirada de esta gente se detuvo con cierta melancolía. Se sintieron pequeños. Lejos de toda superficialidad, embargados por un instante de reflexiòn, talvés el que logra otorgar al hombre la naturaleza y un buen vino, asumieron los signos de una realidad, tan concreta como la lluvia fina y helada que caía sobre sus cuerpos. La vida ociosa, bajo tantos cielos, ciudades, playas y asfaltos diferentes les había hecho perder el tren de la cultura del trabajo. Lamentablemente, para todos ellos, obtener esa riqueza ya era demasiado tarde.

La visita (versión 28)


Una lluvia fina heló la esperanza de quienes deseaban un baño en la playa esa mañana. Media hora más tarde, con pocas ganas, salían en coche para visitar una bodega. Aquella visita cambió sus vidas…
Mientras el auto se alejaba de la costa, Martín volteó la cabeza, una y otra vez, esperando que la impertinente llovizna cesara.
Cuando comenzaron a internarse en el valle, pronto el paisaje cambió. Al llegar, se asomaba el sol. Los interminables viñedos impresionaban por la perfección de los racimos.
—Mar de uvas —dijo Martín, jocoso.
—Mar de hojas de vid haciendo olitas con la brisa —respondió Ana, la madre.
A la puerta de la bodega, edificio de piedra del siglo XVIII, aguardaba una pequeña dos o tres años menor que Martín. A modo de saludo, suspirando, les dijo:
—¡Estoy muy aburrida!
El papá de Martín respondió preguntándole su nombre y si ella era la guía de ese lugar asombroso y legendario. La niña era desenvuelta pero se sonrojó y negó con la cabeza.
—Hay muchos vehículos. Sin duda, serán de gente que está recorriendo las instalaciones —dijo la madre.
—Claro, mis papás forman parte de ese grupo —dijo ella—. Yo fui también, hasta que pude escaparme. Si quieren les digo cómo alcanzarlos.
—Nos gustaría más que nos acompañaras.
—Hmm…Está bien —respondió y los llevó hacia adentro, trasponiendo varias puertas, cruzando salones espaciosos, subiendo y bajando escaleras, sin hallar ni rastro de la gente.
—¿Por qué no bajamos a los sótanos? —propuso Martín, y fueron.
Gigantescos toneles los intimidaron pues si hablaban, sus voces adquirían una extraña reverberación.
Seguían sin hallar al contingente. El padre de Martín, al salir de allí, corrió escaleras arriba y ellos detrás, y asomándose por uno de los balcones del primer piso, vieron azorados que ya no quedaba ningún vehículo en los jardines. La niña dijo:
—¡Se fueron! Esto ya me ocurrió y lloré hasta desbordar el mar —dijo, muy triste, con un hilo de voz.
—¡De modo que has estado aquí antes! —exclamó Ana, tratando de sacarle dramatismo al momento, pero la niña no respondió. Parecía tener la mente en otro lugar.
Entonces el papá propuso ingresar otra vez, recorrer con calma, ver los trapiches y algunas otras cosas de su interés para acortar la espera hasta que regresaran los padres de la pequeña. Y a modo de guía, fue contándoles él mismo lo que veían:
—Estas botellas antiguas contienen vinos añejos, más raros y escasos que las obras de arte o las monedas valiosas —dijo, señalando una vitrina en la sala principal.
Al cabo de una interminable galería, llegaron a un depósito donde se apilaban cientos de barricas, más modernas y menos intimidatorias que los viejos toneles, y allí, Martín brindó un espectáculo histriónico que distendió los ánimos.
Luego Ana le preguntó a su esposo acerca de las diferencias entre los vinos alojados en barricas o toneles. Y así, conversando, llegaron a una sala circular con varias puertas, la niña comenzó a abrirlas; donde no se atrevían a ingresar por lo lúgubre del lugar, volvía a cerrarlas. De pronto, abrió una, cuyos goznes chirriaban, de par en par; un ruido intenso y un viento salobre los estremeció…, allí estaba el mar.